domingo, 1 de junio de 2008

Despedida y Cierre

Qu'e pena llegar hasta aqu'i, nuestras ultimas horas neozelandesas...
Estamos en Auckland, con las maletas hechas y la furgo recogidita. La vamos a echar de menos, pero le dejamos a Rodolfo para que le haga copania en nuestra ausencia... (no se c'omo se van a librar de el los de Kiwi Campers, la verdad, je je).

Esta noche hemos dormido en el barrio de Davenport, encima de un volc'an (extinto, tranquis) y ientras cen'abamos en la camper se ve'ia al fondo, al otro lado de la bah'ia, la silueta iluminada de la ciudad. Impresionante, igual que tener la tele enchufada con un documental, solo que en directo, JAJA.

Por la manana subimos a la Sky Tower, el edificio mas alto de esta parte del mundo, a un mirador de paredes de cristal a 220 metros de altura. Se puede ver todo en muchos kil'ometros la redonda, pero da un vertigoooooo!!!!!!! yo no me atrevia a acercvarme a las paredes de cristal, pero Susana iba tan campante, pisando incluso por encima de l suelo de cristal que hay en algunas zonas. P'a habernos matao.

Yo tenia mucho empenio en visitar el mercado de pescado de la ciudad, as'i que ah'i fuimos nada mas llegar. Pero nos decepciono mucho encontrar, simplemente, una enorme pescaderia. La verdad es que como pescaderia seguro que es la mejor que he visto en mi vida, al menos en cuanto a aspecto, servicios y limpieza, aunque no necesariamente respecto a la variedad de pescados, pero sinceramente eso no era un mercado de pescado. Supongo que refleja la realidad alimentaria de los kiwis.

Auckland nos ha parecido muy agradable, con unos parques muy bonitos y siempre el mar al fondo de la calle. Aunque no es muy armonica, los edificios (ya sean ruinosos almacenes portuarios del siglo pasado o flamantes torres acristaladas de famosas empresas multinacionales) se agolpan sin que parezca haber mucho orden ni concierto.

En fin, vamos terminando esta parte del blog porque en pocas horas nos transportaremos a la siguiente etapa.

CIAOOOOOO!!!!!

Auckland

Aventuritas de última hora

Llevábamos muchos días recorriendo la isla norte sin percances dignos de mención, pero ayer se rompió la racha. Después de un día de bonitas excursiones por playas solitarias y maravillosas (para qué seguir describiendo lo indescriptible) el atardecer nos regaló una puesta de sol digna de uno de esos cuadros luminosos que venden en los chinos. Pero esta de verdad, con todos los colores posibles sobre el mantel del mar y las nubes. “Esto es señal de buena suerte” me dije yo, “hoy vamos a encontrar un sitio precioso para acampar”.
Porque a todo esto, aún no habíamos encontrado sitio donde pasar la noche.
Sí, sí. JA! Cuando ya a punto de oscurecer nos decidimos a entrar por un camino cualquiera, dispuestas a perdonar las vistas por un día. Y allí había una praderita monísima, con el césped tan recortadito que daba gusto verlo (bueno, intuirlo, porque ya estaba casi oscuro). Venga! Aparca ahí, que parece llano. Hum.. pero parece el césped de una casa ¿no? ¡Qué va! Que hay una valla. Bueeeeno, allá que fuimos al césped bonísimo… y la furgo derrapó en una palmo de barro debajo del céped. ¡AY! Ahora sí que la hemos cagao! Una hora estuvimos metiendo ramitas debajo de las ruedas, Susana como loca buscando el gato con la linterna por todas partes, el gato no aparecía, sólo unos hierrajos oxidados junto con un alicate. Probamos metiendo unas cuñas metálicas y nada. Allá que fue mi toalla, para que no resbalara la rueda. Nada. Intentamos con mi cuña de espuma (la que uso para mantener la espalda recta al conducir) se quemó con una peste (que ni Rodolfo, vaya). La siguiente víctima a sacrificar era mi jersey cuando de pronto aparecieron unas luces y tan felices corrimos hacia ellas blandiendo las linternas e imaginando a cuatro fornidos muchachotes maoríes que nos ayudarían a empujar la furgo fuera del atolladero.
Y salió un viejete achacoso. Con un inglés cerrado, pero cerrado, cerrado. ¡Ay, madre!
Pero hete aquí que el vejete, tras una rápida inspección ocular de la situación entró en su casa, sacó una soga y se las ingenió él solito para remolcarnos hasta el camino.
Gracias gracias y miles de gracias, pero ahora…¿dónde vamos a buscar sitio para dormir con esta noche cerrada?
Ya estaréis adivinando que el gentil vejete nos ofreció su primoroso jardín para aparcar la furgo y nos invitó a un té reconfortante con unas pastas hechas por él.
Cuando le dijimos que éramos españolas le dio mucha alegría porque acababa de ver un reportaje de España en la tele y no s espetó ¿pero por qué en España las casas no tienen ventanas? Vete tú a saber qué clase de reportajes ven éstos en la tele…

En fin, nos reímos cuando él se reía para no quedar mal, porque entender, lo que se dice entender, ni papa.

Rodolfo Langostino no está solo…

Ay, ay , ay, qué os voy a contar que no sepáis… ¿quién no ha pisado una caca alguna vez?
La verdad es que la peste es tan persistente desde hace unos días que ya le apodamos “ Rodolfo”; pero a Susa se le ha olvidado mencionar la tercera fuente de pestilencia que nos asola… El caso es que hace unos días, que estábamos alojadas en un motel, llovió torrencialmente y nos dejamos una escotilla de la furgo abierta. Al día siguiente la moqueta (que sí, que la furgo está enmoquetada, ¡a todo lujo!) estaba chorreando. No sé si alguien sabe cómo huele la moqueta mojada, pero es ASQUEROSO.
Sumadle al olor a humedad, el olor a Rodolfo y la puntilla de la caquita… y os podréis imaginar que las pesadillas que vamos a tener en nuestra última noche en NZ no son precisamente por la pesadumbre de abandonar este precioso país…

Northland y Bay of Islands

Poco nos duró la gran ciudad, porque ya se sabe que la cabra tira p´al monte y nuestra furgo nos pedía más marcha, así que enfilamos hacia el último rincón que nos apetecía conocer: el norte de la isla norte, famoso por sus playas.
La verdad es que las playas son preciosas, enormes, interminables, solitarias, de arena blanca perfecta, cuajadas de conchas de todos los tipos, guardadas por dunas y partidas por ríos mansos y ondulantes que se cruzan a pie. En muchos lugares se puede bucear con tubo y aletas y al parecer se ven muchas especies, pero aunque el sol pique a medio día, la temperatura del agua no acompaña. Nos guardaremos las ganas para la Gran Barrera en Australia…

Northland

Auckland

Sensaciones raras al llegar a esta “gran ciudad” (1.2 millones de hab.), por un lado muy cosmopolita y por otro muy manejable. Da la sensación de ser inabarcable y desorganizada de entrada, amplias calles de tráfico rápido y a la vuelta callejones cortos abarrotados de gente arracimada en las terrazas y en los bancos de las plazas a la hora del almuerzo; muchos carteles luminosos, edificios muy modernos al lado de párkings en solares y de cuando en cuando un edificio de ladrillo tipo inglés que parece salido de una novela de Dickens.
Por casualidad encontramos la entrada a una zona del puerto donde tiene la sede el equipo neozelandés de la Copa del América. Desde allí hay una hermosa vista de los edificios del centro.

Hot Water Beach y Catedral Cove

Llegamos a la costa noreste, con fama de tener un clima templado y soleado casi todo el año y donde se encuentra la mayor producción de kiwis del mundo. La carretera está jalonada de puestos donde ofrecen kiwis y aguacates, así que paramos y hacemos acopio para nuestra última semana de viaje.
Hay un sitio que nos producía mucha curiosidad: la playa de agua caliente (Hot Water Beach), porque nos habían dicho que se puede cavar un hoyo en la zona intermareal durante la marea baja y si escoges bien el lugar puedes encontrar agua a 60 grados!! La verdad es que llegamos con marea alta y sin muchas ganas de cavar, así que nos quedamos con la intriga.
Lo que sí comprobamos in situ es la maravillosa vista de la playa de Catedral Cove, en que el mar ha esculpido el acantilado de arenisca formando un arco y unos islotes bastante pintorescos. Mejor ver las fotos por aquello de que una imagen…

Antes de enfilar hacia Auckland nos detuvimos un par de días en un precioso pueblo costero desparramado en torno al amplísimo estuario. Nuestra terraza daba sobre el agua y era una delicia ver las formas que dibujaban constantemente el agua y la arena según cambiaba la marea, dejando los barcos ora flotando orgullosos ora desvalidos sobre la arena pelada.

Rotorua

A unos 100 km. por debajo de nuestros pies se desarrolla una titánica tarea: la placa Pacífica se empeña en deslizarse por debajo de la Indo-australiana en un movimiento de subducción, creando una zona de rozamiento que derrite la roca y calienta toda la zona, amén de agitarla con movimientos sísmicos casi a diario. Esto se traduce en la superficie en una gran cantidad de géiseres, fumarolas, conos volcánicos extinguidos, lagunas de barro borboteante, lagos y ríos humeantes… por donde quiera que miras hay columnas blancas de vapor que salen de cualquier sitio, grandes y pequeñas, siseantes y mudas. Impresiona bastante pensar que ese humillo que sale entre los matojos procede directamente de las profundidades de la Tierra, donde el magma a miles de grados calienta bolsas de agua subterránea y las manda silbando a través de las fisuras hacia arriba… ¿Y si meto el pie donde no debo? Bbbbbrrrrrrr!!!!!!!!
El caso es que hemos acampado al lado de un géiser (hacía más calorcito ahí, je je je) que nos ha dado la noche con los gorgojeos y ruiditos. Eso por no hablar del olor a huevo podrido que invadía en la furgo cada vez que alguna abría la puerta. JAJAJAJJA.
Estábamos solas en una enorme pradera que compartíamos con una familia de conejos y cerca había un río de agua caliente con una conveniente poza a la que caía una cascadita desde la poza superior. Vaya lujos… lo malo es que la espumilla marrón que se juntaba en las orillas no invitaba mucho, la verdad.
Al día siguiente buscamos otro río con menos espumilla (aunque no menos encanto) para remojar el trasero. Y se nos quedó un olor sulfúrico en la piel que no nos soportábamos ni nosotras…
Lo que más nos gustó de la zona fue una enorme laguna de barro que parecía en ebullición, ¡igualito que un perol de chocolate al fuego! Yo me quería meter ahí dentro!!!!

Por la tarde visitamos los restos de un pueblo que quedó sepultado por la erupción de un volcán a principios del siglo pasado. Murieron unas 150 personas y la erupción destruyó unas espectaculares terrazas y piscinas calcáreas muy parecidas a las de Pammukale en Turquía.